Desde La Habana el colectivo que reemplaza a Fidel en el poder, con su hermano Raúl Castro en el lugar prominente, parece seguir empeñado en la misma tarea de los pasados 12 meses: proyectar una normalidad institucional contra la cual se estrellen los pronósticos de un caos interno que algunos anuncian como inevitable.
¿El resultado? La isla-nación parece estancada hoy en una situación en la cual ni los cambios a futuro ni las regresiones políticas son posibles en el corto plazo. Hay apenas una certeza: Raúl ha logrado disciplinar los dos pilares sobre los que se asienta aquel poder: el Partido Comunista y las Fuerzas Armadas. Suficiente por ahora, pero quizá no lo sea por mucho tiempo.
De hecho hay que convenir que el gobierno ha tenido, al menos en este año sin Fidel al timón, un nivel de eficiencia mucho mayor que el de sus opositores. En los hechos, la pérdida del unicato de liderazgo que encarnaba la figura histórica ha sido reemplazada por más institucionalidad sin que esto haya producido una conmoción mayor.
Por debajo de la quietud aparente hay procesos diferentes en marcha. No parece posible siquiera por mera lógica biológica que, con los 81 años que cumplirá en agosto, Fidel vaya a poder protagonizar un regreso pleno. Raúl, por lo demás, sabe que por las mismas razones (tiene 76 años) lo suyo es también provisorio.
Es sensato aguardar que esos cambios, si comienzan a producirse, se vean reflejados más en la economía que en la política cubana, al menos en un primer tiempo. Algo de esto sugirió Raúl hace algunos días cuando admitió que Cuba no había emergido aún del "período especial" -eufemismo que identifica la pérdida del patronazgo soviético a comienzos de los 90- y reclamó un aumento de la producción nacional.
Es interesante destacar que en ese mismo discurso, Raúl reabrió la posibilidad de dialogar con EE.UU., aunque supeditándolo a la nueva administración. Esta disposición cubana no es nueva, pero más interesante es que dos de los principales precandidatos demócratas, Hillary Clinton y Barak Obama, se trenzaron en un debate porque este último declaró su disponibilidad para dialogar con los Castro y con Hugo Chávez.
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